REVISTA VIVIR BIEN

// Edición 124 Junio - Julio 2021

// Familia

Vivir fuera de las grandes ciudades, una tendencia de la pandemia

Alejarse de las urbes es un deseo que varias personas han tenido alguna vez y, con la llegada del COVID-19, algunas decidieron materializarlo.

La pandemia ha hecho que valoremos ciertas cosas que quizás antes no tenían mayor importancia: habitar espacios más amplios, vivir sin afanes, respirar aire puro o hacer actividades al aire libre. Con la llegada del virus, la gente tuvo que permanecer la mayor parte de los días en su casa y, para quienes viven en las grandes ciudades, esto representó más tiempo de encierro, poco espacio, pues debían compartirlo con los integrantes de la familia, y menos opciones de actividad física debido a las restricciones. Estas limitaciones llevaron a que muchas familias decidieran migrar al campo o a ciudades intermedias, donde el ritmo de vida es, sin duda, menos agitado, no hay congestión vehicular, la calidad del aire es superior y las casas son más amplias y con zonas al aire libre.

Aunque esta tendencia ya venía en aumento desde antes de la emergencia por COVID-19 tanto en Colombia como en otras partes del mundo, desde el año pasado muchas personas tomaron la decisión de mudarse —algunas, de forma temporal y otras, en cambio, compraron inmuebles para salir definitivamente—. Datos del New York Times revelan que gran parte de los habitantes de Manhattan se trasladó a viviendas rurales durante el mes de mayo de 2020, fenómeno que también se está presentando en San Francisco y Madrid.

En Colombia, por su parte, es probable que quienes tengan una segunda vivienda en las afueras estén residiendo allí. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), mientras Bogotá tuvo un crecimiento poblacional de aproximadamente 10 %, municipios de la sabana como Funza, Mosquera, Madrid, Cota, Chía, Cajicá y Soacha crecieron tres y hasta cuatro veces esa cifra.

Menos tráfico

Una de las principales razones para salir de la ciudad es alejarse del estrés que producen los grandes complejos urbanos como resultado del ruido, la presión laboral, los largos recorridos y los interminables trancones. Una buena porción de ciudadanos debe enfrentar extensos trayectos hacia su lugar de trabajo. Según el Observatorio de Movilidad de la Universidad Nacional, en Bogotá se gastan en promedio diez horas semanales en transporte, que se convierten en cuarenta horas mensuales, equivalentes a una semana laboral. El tiempo perdido, sumado a los riesgos de convivir con el virus sin guardar la distancia social, es una razón de peso para cambiar de vida.

Oportunidades laborales

Antes, las personas salían de las ciudades pequeñas o intermedias para buscar mejores opciones de trabajo, pero si algo enseñó esta pandemia es que no se requiere habitar en las grandes capitales para laborar en ellas: el teletrabajo fue una modalidad que debieron implementar varias empresas para poder funcionar durante los períodos de cuarentena, que a su vez les permitió reconocer que ciertos procesos no requieren presencialidad.

Gracias a los avances tecnológicos, las plataformas digitales y al conocimiento de los empleados en la implementación y el manejo de estos desarrollos, es posible que los negocios se mantengan a flote, sin necesidad de que el personal esté en una oficina o en un puesto físico.

Espacios más amplios

Los nuevos modelos tanto de trabajo como de educación implican que las personas permanezcan más tiempo en sus hogares; esto despertó el interés de las familias por buscar viviendas más amplias, en donde cada uno de los integrantes pueda llevar a cabo sus actividades académicas y laborales sin interrupciones. Hoy en día, en ciudades como Bogotá, este tipo de vivienda es cada vez más escaso y costoso. Según Álvaro Rojas, un arquitecto con amplia experiencia en el sector inmobiliario, “en las afueras de Bogotá es probable conseguir, por el mismo precio, casas más grandes y con mayores espacios que en la ciudad; por ejemplo, con lo que se compra un apartamento de 90 m2 en Bogotá, en los alrededores se puede adquirir uno de 150 m2 o hasta del doble del tamaño”.

Contacto con la naturaleza

Con este cambio se han empezado a hacer actividades más saludables y amigables con el ambiente, entre ellas, la agricultura y la jardinería. Estas residencias con amplias zonas verdes posibilitan que las familias arreglen sus propios jardines o tengan huertas en casa, de donde extraen algunos alimentos, labores que, además de contribuir con la sostenibilidad del planeta, resultan relajantes y alejan el estrés que produce la jornada laboral.

Por otro lado, estos lugares motivan e invitan a la práctica de deportes al aire libre como ciclismo de ruta, ciclomontañismo o caminatas por senderos ecológicos con diversidad de flora y fauna.



Imágenes del banco de imágenes Shutterstock

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